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El verbo Estar

El verbo Estar se debería escribir con h intercalada,  de Esther, porque si hay algo que le llena a Alberto es eso, el estar de Esther.  Una pareja, dos pelirrojos, un solo amor, tantos objetivos en la vida que es dificil empezar a escribir cual de ellos es su principal punto de mira. Fútbol, moda, el amarillo, el rosa, el azul, el rojo  y el blanco o el rojo, amarillo y morado, siempre en las estanterías de la casa de Alberto. Preboda improvisada delante de una bañera antigua, o delante de las torres de la catedral de Salamanca, casi a su misma altura. Fiesta. Mucha fiesta. Lágrimas de emoción, de alegría y alguna de tristeza. Abrazos fraternales, de amistad infinita, de profundo querer. Y el verbo esthar, de Esther,  porque así lo quiere Alberto, así lo desea, con un verbo que se inventan, querer no es solo amar es estar, acompañar, sentir y olvidar. Recordar el futuro. Y esthar, ahora Alberto, junto a ella, la del verbo con h. Y juntar frases, y letras aspiradas. ” Y acojo en mi hogar palabras que he encontrado abandonadas en mi palabrera. Examino cada jaula y allí, narrando vocales y consonantes. Encuentro a sucios verbos que lloran después de ser abandonados por un Sujeto que un día fue su amo, Y de tan creído que era prescindió del predicado. Esta misma semana han encontrado a un par de adjetivos trastornados, a tres adverbios muertos de frío, y a otros tanto de la raza pronombre, que sueñan en sus jaulas con ser la sombra de un niño. Se llama entonces a las palabras que llevan más días abandonadas, y me las llevo a casa, las vacuno de la rabia, y las peino a mi manera, como si fueran hijas únicas, porque en verdad todas son únicas.”

 

Lisboa y el chico de la moto azul. Boda. Ruth y Victor.

Lisboa y el chico de la moto azul. En Lisboa hay muchas motos, de todos los colores, pero en Villaescusa sólo había una azul, y era la de Victor, el chico en el que todas las amigas de Ruth se fijaban, sí, menos Ruth. Amores de pueblo, de verano, que huelen a heno, a río, a bicicleta, a calimocho, a bocadillos y a risas adolescentes. Veranos que huelen a fiestas, a verbenas, a banderines y a cohetes, a pasodobles y chocolate con churros, a miradas que se cruzan y que dicen “me gustas”.  Cruces de miradas que terminan en amor para siempre, en boda, como no, en el pueblo que vio el comienzo y seguirá viendo los eternos paseos estivales. Bodas que guardas en el recuerdo, desde la iglesia en Villaescusa, hasta el restaurante Hotel Doña Brígida Salamanca Forum. La música de Fa Mayor. La película de Carlos Lorenzo. Lisboa y el mar, y la moto azul. Pasión de la que se empapa el mar y nos la ofrece con olas de oro y añil. Azulejos pintados en los mismos tonos. Ojos que se derriten al encontrarse. Labios que se funden como la arena y el mar. Y la moto azul. Atardeceres eternos y Tabernas de Fados. Café expreso, helado de fresa. Bacalao, tranvías, adoquines. Y la moto azul. Dice Antoine de Saint Exupery por la boca de un zorro en su obra El principito, que solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. Pero creo que si miras a Ruth y a Víctor a los ojos no solo ves lo esencial, si no también una cantidad de amor y de respeto que desborda lo usual. Y una moto azul. A Pessoa se le escaparon letras y pensamientos que le ocurren a Ruth y a Victor. “El amor es una muestra mortal de la inmortalidad”. Y lo hicieron bronce por decir lo que ellos sienten y comparten. Lisboa y el chico de la moto azul.

 

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Valencia. Estos son verbos.

Valencia. Compartir, sentir, abrazar, beber, pasear, comprar, charlar, reir, cocinar. Verbos para añadir a un viaje lleno de sentimientos, de emociones, de vivencias y de trabajo. Un viaje a Valencia que duró cuatro días con sus noches. Cuatro días que convivimos con Sara y Antonio en su casa. Sin hacer nada excepcional atrapamos amistad, complicidad y amor. Diversión. Vivir en el número 12. Comprar los ingredientes en el mercado para hacer en casa la que hasta ahora, ha sido la mejor paella que he comido en mi vida, (¡qué manos Antonio!). Acompañarme a comprar unos pantalones cortos porque no esperaba que hiciera tantísimo calor. Compartir su alegría de estar nominados en el festival de cine de San Sebastian por una película de animación. Acompañarlos al hotel a llevar cosas de la boda. Charlar en la playa. Conocer amigos. Cenar con sus amigos. Ver y sentir. Crear fantasias en forma de dibujos y contrastarlo de manera científica.  Cenar de tapas acompañadas por unas Turias (cerveza autóctona), y terminar de emborracharnos en casa con Herbero (licor típico de Valencia).  Madrugar para comprar los croisants y el pan recién hechos en la panadería del barrio. Estos son.

 

 

 

 
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AMOR, MAR Y MONTAÑA

Escribir una entrada sobre una boda, nunca es fácil. Las bodas son un cúmulo de emociones, de sentimientos, de momentos, de gestos, de olores, de sabores, de sonidos, y por mucho que te esfuerces en contarlo con palabras, es muy complicado llegar al poder que tienen las imágenes.

Elena y Christian son de las parejas que se hacen querer desde el principio, así de golpe, sin anestesia ni nada. Se involucran al cien por cien. Y desde el prinicipio confiaron ciegamente  en nosotros para que le hiciéramos el reportaje del día de su boda (fotografía y vídeo).

El lugar elegido para la celebración fue la Abadia de los templarios (La AlbercaSalamanca). Allí todo es más fácil: el ambiente rústico del hotel, sus habitaciones abuhardilladas, los bosques de encinas… nos ayudan a absorber toda la energía positiva, y mágica que nos rodea. Y creo que esta vez la sinceridad, y esponteadad de los novios y los invitados, nos lo dieron todo hecho.

Christian es asturiano, y como todos los asturianos, lleva su tierra muy a dentro. Por eso quiso que fuésemos a hacer las fotos de post boda a la playa de Rodiles (cerca de Gijón). Magia pura por los cuatro costados. Cantábrico a raudales. Asturias.

Si a esto le añades trabajar junto a mi hermano de sangre y videógrafo, Carlos Lorenzo, y junto a mi hermano de armas, Che. Pasear por la Playa de San Lorenzo de Gijón. Compartir un gigantesco pote asturiano con nuestro buen amigo y colega Miguela. Y cenar unos cachopos de medio metro con unas sidrinas junto a los novios y sus tios…. Se me saltan las lágrimas al recordarlo.

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